Desde niña siempre daba lo
mejor de mí, era preocupada de mi apariencia y en las exigencias de los demás
hacia mí, con el paso del tiempo fue poco a poco “bajando”, sin embargo mi
manía a darle a las personas cosas que no me piden sigue aún.
Siempre daba importancia,
cariño y detalles a los que en verdad amaba, a veces en exceso pero el simple
hecho de hacerlo me hacía sentir querida aún antes de darme un: “gracias”, el
resultado era el abandono, dándoselos a las personas menos indicadas, pasaba lo
mismo una y otra vez pero seguía haciéndolo.
Llegó el momento más ruin,
que cuando las personas a quienes más quería, les daba todo de mi pero luego
terminaba en un fracaso total, salía peor, me reclamaban, fue ahí cuando la
dura vida me pegó en donde más podría dolerme, pero no fue así.
Claro, lloré y casi me
emborrachó en vino tinto a escondidas en mi habitación de la desesperación.
Aquellas personas fueron las que me dieron a entender que… se vayan al carajo
las demás personas, las cosas se tienen que merecer, es mas ni eso, desde ahora
las cosas especiales, las haré únicamente para mi beneficio, para mi felicidad.
Aquellas personas fueron mi propia familia…
Es aquel momento en donde tu
mente da un flashback de cinco segundos, en donde, piensas: “Ya, ya lo tengo”,
tienes la razón y la lógica posible para pensar que es más difícil de lo que
puedes imaginar tu propia felicidad, hasta duele sonreír, tratar de ser
“egoísta” en ese punto te da una culpa horrible.
Después dices: “La gente te verá
como quiera, lo que importa es como te sientas tú”, hasta tu madre, hasta tu
padre, hasta la puta de tu hermana, hasta todos ellos aplican en esa oración,
una cosa es crecer, desarrollarte según a cómo has visto la vida, otra cosa es
que traten de cambiarte, “moldearte a su manera”, es algo que si mi propia
familia intento toda su vida y no hubo ningún resultado, menos lo hará
cualquier persona, sería un crimen cambiar tu propia esencia.
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